“Le quedaba el sueño de dirigir el Réquiem Alemán de Brahms, que eligió para su despedida, una confiada entrega a una transformación para la cual la muerte no era más que una absurda puerta que flanquear sin miedo, aunque con nostalgia.

Lajos dirigió sentado en una banqueta alta. Sus delgados brazos parecían moverse como el lento vuelo de una gaviota, por una vez la música no pareció salir de él sino ser el mismo.

Lajos Trapolyi, sin enfermedad específica alguna, murió tres días después de su despedida del escenario.

Si no podía dirigir, no tenía sentido seguir viviendo.”

-Sabor a Chocolate. José Carlos Carmona-