De no haber sido por el amigo de K, mi concierto de los suecos The Hives se resumiría en golpes, aplastamiento, nula visibilidad y crisis de ansiedad, sin embargo, me encontré en un ático del Eixample, con The Hives tocando a mis pies, sin ningún tipo de agobio, rodeada de otros “inmigrantes” como yo -incluso un paisano-, con una barbacoa humeante, litros de mojito y caipirinha hechos en casa, vino, cerveza… Todo un lujo vamos.
El concierto en sí fue corto, cosas de la gratuidad, el sonido pésimo, la calle no es un gran auditorio, pero los suecos movieron a la masa porque son arrolladores, Pelle Almqvist se ganó al público con sus saltos, sus gritos, su chapurreo de español, en definitiva, con su energía desbordante, y de mientras sonaron todos los grandes éxitos de la banda y algunos de mis temas favoritos, pero faltaste tú, así que marca en rojo el concierto que tú quieras y deshagamonos de la maldición conciertil.
No se me ocurre nadie mejor que el gran Tim Burton para llevar al cine una de las mejores historias escritas jamás, pero habrá que esperar hasta 2010. Esta es una entrada programada, así que ya hablaré del concierto de los Hives en la siguiente…
¿Cuál será la probabilidad real de encontrarse con alguien en esta ciudad?, ¿y la de encontrarse con alguien en esta ciudad que ni siquiera vive en ella?, ¿y la de descubrir que su curso de formación se da junto a tu trabajo?. Creo que es algo vestigial, pero debe estar provocado por algún tipo de conexión germánica.
El pasado día 9 tuve la oportunidad de ver Rock the Ballet en el teatro Victoria, una representación a la que ya le quedan poquitos días en Barcelona, hasta el 27 concretamente.
Ya desde que viera por primera vez el cartel en el metro había decidido darle una oportunidad al atrevido montaje que auna temas pop-rock con la danza y la oferta 2×1 de Servicaixa y el señor X hicieron el resto. Aunque he de decir que no soy una apasionada de la danza contemporánea, soy más del ballet con puntas, bastón marca ritmos, clásico, rancio, elegante, cruel y disciplinado y aún así tampoco me mata.
El espectáculo de Rasta Thomas se divide en dos actos: Beautiful day y Rock you. El primero me hizo plantearme si merecía la pena quedarme a ver la continuación, los motivos son varios bien fuese por el empacho de U2 al que me vi sometida, el escaso atractivo de las primeras coreografías, la visión de demasiadas manos y pies rompiendo, a propósito, el conjunto visual que deben ser brazo-mano, pierna-pie…
Pero el respeto que se merece quien se sube a un escenario me retuvo en la sala para ver el segundo acto, que mejoró en música, ritmo y coreografías, dejándome sorprendia del cambio radical que aquel conjunto de bailarines había experimentado en apenas unos minutos y que sin duda, para mi, salvó la actuación. Canciones de Queen y por supuesto un más que merecido homenaje al Rey del Pop, pusieron la guinda al pastel del segundo acto, arrancando ovaciones, aplausos al final de la actuación.
Por otro lado, la nota de color fue encontrar a los bailarines después del montaje en el Domino’s Pizza haciendo gala de la “sana alimentación” que llevan como bailarines profesionales.
“Para aquel que ve una espada desenvainada sobre su impía cabeza, los festines de Sicilia, con su refinamiento, no tendrán dulce sabor, y el canto de los pájaros, y los acordes de la cítara, no le devolverán el sueño, el dulce sueño que no desdeña las humildes viviendas de los campesinos ni una umbrosa ribera ni las enramadas de Tempe acariciada por los céfiros.”
-Horacio, Odas III, 1-
Viendo
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