junio 2008


Cosas que me hacen sonreir

Un kilo de Gummibärchen, un puchipuchi que recorrió muchos kilómetros desde Japón, unas Converse que cruzaron un pequeño charco desde UK y una Citizen K del verano de 2008 que viajó desde Madrid a Barcelona para finalmente acabar en mi bolso y hacerme más corto el aciago viaje de vuelta (las penas con moda, fotografía, cosmética, vanguardia, interiorismo y entrevistas a Daniel Brühl son más llevaderas).

Y ahora a ver a ESPAÑA :)

No salgo de casa y estoy más horas de las que desearía trabajando delante del ordenador, me estoy volviendo loca. Tengo poco -nada- tiempo libre, lo que hace que sólo piense en pasar horas y horas de compras, por lo que en alguno de los descansos que me concedo navego por la red y acumulo en mi lista de deseables algunos artículos.

No soy ni Cory Kennedy, ni tampoco Gala González, no gozo de ser cool, ni trendy, ni fashion, pero tengo mi propio estilo, a los 16 llevaba sombreros veraniegos, incluso salía con ellos de fiesta, para vergüenza de mis amistades, fui gafapasta a los 18, no se había acuñado el término y elegí como primeras gafas unas Vogue de pasta color verde manzana que atrapaban todas las miradas, no por cool sino por lo cantosas que eran para el momento, ahora en mi crisis de los 25, mis nuevos “stylish caprichen” para el verano son:

  • Parasol oriental de seda: Para irme de Camparis con nos por todas las terrazas. Aún no me he decidido si rojo o blanco
  • Parasol Oriental

  • Diadema de margaritas: Años, años y más años adorando las margaritas, haciendo el capullo con ellas en mi pelo y hoy encuentro esto que combinado con la decisión de volver a retomar mi melena hacen que sea un must para mi, aunque claro no se cuando podré tenerlo entre mis manos porque tiene un precio prohibitivo.
  • Tiara Margaritas

¡¡Soy una pava, sí, y me encanta!!

PD: Gracias nos por no tentarme este finde con terrazas y Camparis

Big Fish

-¡Si ni siquiera me conoces!

-Tengo el resto de mi vida para conocerte.

… un hombre que se llamó Victor Klemperer y desde que lo conocí, a través de sus diarios, tengo el convencimiento de que fue un tipo con la cabeza muy bien amueblada, no en vano era profesor universitario, pero no un profesor universitario a lo que nos ha acostumbrado la endogamia universitaria española -veáse trepa de la escala universitaria que sólo quiere vivir bien-, sino un profesor universitario de esos que casi no se ven, de los que aman su ámbito del saber.

Era un pez que nadaba contra corriente, de origen judío convertido al protestantismo y casado con una alemana no judía – me imagino el festival del humor que tuvo que ser eso para su familia-, no quiso abandonar Alemania, ni su cátedra, cuando el partido nazi ganó las elecciones a pesar de que hubo movilizaciones al extranjero de profesores judíos o de origen judío, pensaba que los nazis estaban un poco pirados pero se fascinó por la manera en que su propaganda creó todo un nuevo idioma y lo documento todo en Lingua Tertii Imperii, -podeis regalarmelo cuando gusteis-, acabó en un campo de concentración y pese a exponerse a perder la vida prosiguió con su diario porque creía necesario que se supiese lo que pasaba.

Klemperer veía las cosas claras, su convecina se suicidó y fue capaz de describir sarcásticamente la eficiencia alemana con “Para cada convoy, ya hay designados sustitutos: la Gestapo da por descontado que habrá algunos suicidios. Organización alemana”

Pero sin duda, de todo ese testimonio, lo que siempre permanecerá en mi es:

“En el año que acaba, Gusti ha dado muchas veces pruebas manifiestas de su completa irresponsabilidad y de su obstinación y desmesura en política. Yo, en cambio, he subrayado una y otra vez que pongo a la misma altura nacionalsocialismo y comunismo: ambos son materialistas y tiránicos, ambos desprecian y niegan la libertad del espíritu y del individuo.

Este es el hecho más característico del año que acaba de terminar: que he tenido que romper con dos íntimos amigos, con Thieme, por nacionalsocialista, con Gusti Wieghardt, por haberse hecho comunista. Ambos no es que se hayan afiliado a ningún partido, sino que han perdido su dignidad humana.”

Klemperer sabía que no se puede reducir todo a las ideas, y mucho menos a las políticas, sabía el daño que hace la ideología extrema, el odio que engendra, la ceguera que provoca en las personas, el rasero que utiliza para dividir “buenas” y “malas” personas, así que se resignó y cuando sus compañeros perdieron el norte fanatizándose se apartó, hay ciertas cosas de las que es mejor no participar.

Hoy necesitaba una catarsis ideológica y sabía que él me la daría.