… un hombre que se llamó Victor Klemperer y desde que lo conocí, a través de sus diarios, tengo el convencimiento de que fue un tipo con la cabeza muy bien amueblada, no en vano era profesor universitario, pero no un profesor universitario a lo que nos ha acostumbrado la endogamia universitaria española -veáse trepa de la escala universitaria que sólo quiere vivir bien-, sino un profesor universitario de esos que casi no se ven, de los que aman su ámbito del saber.
Era un pez que nadaba contra corriente, de origen judío convertido al protestantismo y casado con una alemana no judía – me imagino el festival del humor que tuvo que ser eso para su familia-, no quiso abandonar Alemania, ni su cátedra, cuando el partido nazi ganó las elecciones a pesar de que hubo movilizaciones al extranjero de profesores judíos o de origen judío, pensaba que los nazis estaban un poco pirados pero se fascinó por la manera en que su propaganda creó todo un nuevo idioma y lo documento todo en Lingua Tertii Imperii, -podeis regalarmelo cuando gusteis-, acabó en un campo de concentración y pese a exponerse a perder la vida prosiguió con su diario porque creía necesario que se supiese lo que pasaba.
Klemperer veía las cosas claras, su convecina se suicidó y fue capaz de describir sarcásticamente la eficiencia alemana con “Para cada convoy, ya hay designados sustitutos: la Gestapo da por descontado que habrá algunos suicidios. Organización alemana”
Pero sin duda, de todo ese testimonio, lo que siempre permanecerá en mi es:
“En el año que acaba, Gusti ha dado muchas veces pruebas manifiestas de su completa irresponsabilidad y de su obstinación y desmesura en política. Yo, en cambio, he subrayado una y otra vez que pongo a la misma altura nacionalsocialismo y comunismo: ambos son materialistas y tiránicos, ambos desprecian y niegan la libertad del espíritu y del individuo.
Este es el hecho más característico del año que acaba de terminar: que he tenido que romper con dos íntimos amigos, con Thieme, por nacionalsocialista, con Gusti Wieghardt, por haberse hecho comunista. Ambos no es que se hayan afiliado a ningún partido, sino que han perdido su dignidad humana.”
Klemperer sabía que no se puede reducir todo a las ideas, y mucho menos a las políticas, sabía el daño que hace la ideología extrema, el odio que engendra, la ceguera que provoca en las personas, el rasero que utiliza para dividir “buenas” y “malas” personas, así que se resignó y cuando sus compañeros perdieron el norte fanatizándose se apartó, hay ciertas cosas de las que es mejor no participar.
Hoy necesitaba una catarsis ideológica y sabía que él me la daría.